16.7.09

LECTURAS GUIADAS Y TALLER

LECTURAS GUIADAS en el CENTRO DE LECTURAS CONDESA
Norteamericanos sin grupo. Revisión de autores norteamericanos del Siglo XX.
Los lectores son importantes porque en ellos cobra vida la Literatura. Pero toman mayor relevancia cuando erigen y sostienen a sus autores predilectos, incluso en contra de los designios de la crítica y de la academia. Este ciclo de ocho sesiones comprende la lectura de cuatro obras rescatadas del olvido por los lectores:
El guardián en el centeno de J. D. Salinger; El cielo protector de Paul Bowles; Espera la primavera, Bandini de John Fante; y Última salida a Brooklyn de Hubert Selby.
Sábados cada 15 días. Del 18 de julio al 24 de octubre, de 12 a 15 horas
Informes: Nuevo León 91, col. Condesa. Tel: 5553.5270

TALLER LITERARIO en el CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA
27 al 29 de julio, de 4 a 7 pm
en el Centro Cultural de España
Guatemala No. 18, Centro Histórico Cd. de México
Taller gratuito. Inscripción previa. Cupo limitado: 20 personas. Inscripciones e informes: talleres@ccemx.org – Asunto: “Taller escritura”.
SOLD OUT - LLENO

16.6.09


por Anónimo Hernández

Nunca he votado. Sé que suena como una frase incendiaria y me gustaría que los motivos también lo fueran. Casi siempre ha sido porque estoy tan chiquito que no alcanzo a salir en la foto para la credencial de elector, sólo se ve mi pelambre, la frente y parte de mis cejas. La única ocasión en que los burócratas correspondientes se tomaron la molestia de colocar las voluminosas carpetas del padrón bajo mis nalguitas para asegurar que saliera en la foto, la señorita que me entregó la credencial dijo:
–Ah, caray, salió usted más feo.
Tan entretenidos estuvimos todos con el acontecimiento, que no reparamos en que mi nombre estaba mal escrito: Antónimo Hernández, que es justo lo opuesto a mi nombre, así que tampoco pude votar esa vez. Tales fallas y anomalías acabaron con mi confianza en el proceso electoral y con mis deseos de participar en las decisiones democráticas del país.
Sé que, con todo esto, no soy el ejemplo más honorable de indignación, pues a mucha gente le han hecho cosas peores, al grado que hay muchos que se niegan a votar en este 2009 y que están decididos a que su desdén no se quede allí, sino que se convierta en un modo de exigir resultados precisos, concretos, fechados, y con consecuencias bien definidas en caso de no ser escuchados.
Si ahora le tocó a la política, pronto le tocará al medio cultural (ahí está la bronca del CECUT), al medio artístico y, por supuesto, al literario. Lo juro.


Voto Nulo
Siempre he pensado que nadie tiene derecho a gobernar si no es capaz de sobrepasar al abstencionismo. Nuestros gobiernos han sido incapaces de convencer al 60 por ciento (y más) de los votantes. Para mí, eso es ilegítimo. Cuando menos, es una muestra rampante de incapacidad de todos los partidos.
Pero los políticos se pavonean trajeados y bien peinados, mientras vemos la consecuencia de su “trabajo” en cada calle, barranca y lote baldío.
La gente no quiere votar. Y en muchos casos es simple ignorancia o pereza. En otros, es descrédito.
Ese descrédito ha provocado que mucha gente no se presente a las casillas o que manifieste su inconformidad dejando la planilla en blanco. Ahora surge la idea de completar el reclamo: anular el voto de manera activa.
Puede hacerse de muchas maneras. Anulando la planilla con un tache enorme. Tachar cada cuadrito. Poner dibujos, consignas, peladeces.
Un argumento por demás válido en contra del voto nulo dice que éste reducirá los porcentajes del abstencionismo, lo cual, en cierta manera, ayuda a “legitimar” a quienquiera que resulte ganador.
Pero la importancia del voto nulo no radica en la anulación como tal, sino en las demandas que la respaldan. “La anulación del voto no es el mensaje, sino el mensajero”, dicen sus promotores.
El mensaje sostiene: puedo anular mi voto, pero si quieren que votemos por ustedes, deben cumplirse inmediatamente estas exigencias de la sociedad:
* Reducción del 50 por ciento como mínimo de los salarios de diputados, senadores, presidentes, delegados, jueces y funcionarios de alto nivel.
* Eliminación de las candidaturas plurinominales (puestos que no se incluyen en la elección directa sino que son asignados por cada partido).
* Eliminación del seguro médico particular para diputados y senadores (si no les gustan el IMSS o el ISSSTE, arréglenlos).
* Eliminación de las campañas políticas en medios masivos como radio y televisión.
A lo anterior, por supuesto, habría que añadir la inclusión del voto nulo como opción válida para próximos procesos electorales; la reducción del número de curules, cuando menos en 30 por ciento; los plebiscitos, la revocación de mandato, y un interminable etcétera. Pero con las cuatro peticiones establecidas se busca esperar una respuesta y con ello basta por el momento.


Esto significa que en esta primera instancia el voto nulo carece de valor. Sólo adquiere cuerpo cuando los políticos manifiestan su postura respecto a las peticiones mencionadas.
Desde mi punto de vista, esta propuesta lleva la discusión a un cuadrilátero más amplio y propicio: no sólo incluye las casillas sino que abarca las jornadas previas, con lo que se está poniendo de manifiesto la voluntad de los políticos para escuchar a sus gobernados.
Si optan por el caso omiso, voto nulo ahora y en las presidenciales del 2012.
Contra lo que han dicho políticos de todos los partidos, no se trata de una treta para ponerlos entre la espada y la pared, ni mucho menos de una amenaza para la democracia del país. Se trata de un mecanismo montado muy inteligentemente en una pequeña grieta de la muralla que los legisladores erigieron para mantenerse intocados por el vulgo al que supuestamente sirven; se trata de un mecanismo que ha desmontado las escenografías de los partidos y los ha dejado hablando en el aire: los ha puesto en evidencia. No olvidemos que nuestro aparato electoral es uno de los más caros en todo el mundo, pero también es uno de los más desacreditados y deficientes. Sólo 4 por ciento de la población confiá en él. Es como nuestra policía, la cual sólo tiene 3 por ciento de efectividad en estándares mundiales.


Primero que nada, es una propuesta que yo llamaría natural, sin filiación partidista ni ideológica, una respuesta decidida y frontal de parte de la gente. Eso, en un país lleno de falsedades, corrupción y conformismo, ya es un logro excepcional. Pero lo que me parece más distintivo, es que redondea sus propósitos, no se queda en el gran propósito, en la gran promesa, en cosas que generalmente no se culminan. Somos el país que siempre falla los penaltys. El país que juega como nunca y pierde como siempre. Un país que nunca termina lo que se propone. O lo culmina mal. O propone una cosa y termina otra.
Un país de traidores.
En este caso, la idea tiene los candados necesarios para evidenciar su cumplimiento. Y creo que eso, de sobra loable en un nivel político, va mucho más allá porque rompe con un tabú cultural mudamente aceptado: que somos incapaces de conseguir algo como nación, como sociedad, como cultura entera; que pueden vernos la cara de idiotas eternamente; que nunca habríamos de encontrar maneras de responder.
Quienes quieran enterarse con mayores detalles de las ideas, discusiones, propuestas y links para conocer propuestas afines puede hacerlo en:
http://edgarclement.blogspot.com
Y en:
http://edgarclement.blogspot.com/2009/06/no-pos-esta-chido.html

Por el momento, les dejo estas frases tomadas de Diego Valadés para Proceso.
* Mi voto lo anularon los partidos.
* Es cierto: sin partidos no se construye una democracia, pero con partidos dominados por el pragmatismo, tampoco.
* Los partidos nos privaron a los ciudadanos del derecho a evaluarlos.
* No me conformo con la posición de que, ante los partidos, todos los derechos los tengan ellos y todos los deberes los tengamos los ciudadanos.
* Sin importar la posición que cada partido ocupa en el espectro político, ninguno cumplió con su obligación, en el Congreso, de exigir información a las autoridades sanitarias con motivo de la reciente epidemia; ninguno ha defendido al Estado secular ante la ofensiva del clero; ninguno ha denunciado que avanzamos hacia un Estado policial; ninguno se ha vuelto a acordar de un asunto llamado reforma del Estado; ninguno ha rechazado con firmeza las restricciones a la libertad de las mujeres adoptadas por casi la mitad de los Congresos locales del país; ninguno ha impulsado el seguro de desempleo aunque todos dicen defender a la sociedad.

Otros sitios:
http://mexicoendescomposicion.blogspot.com
http://ciudad-de-mexico.blogspot.com/
http://fergarcilita.blogspot.com/2009/06/carta-abierta.html











20.1.09

Alarma!: Canibalismo a cinco pesos (click para ampliar)

Texto publicado en El Ángel de Reforma sobre la relación entre la cultura mexicana y la prensa amarillista representada por el Alarma! Aunque el título me gusta, anoto el título original: Alarma!: Canibalismo a cinco pesos.

28.10.07

Posthumano en Bellas Artes (2007)

24.10.07

Posthumano en España (2) Compostela

Posthumano en España (1) Madrid, Barcelona, TV

Posthumano en Prensa


Click aquí para ver reportaje de Melina Amao en
Esquina Tijuana













Presentación en el Cecut con Pepe Rojo, Javier González Cárdenas y Tere Vicencio

2.5.07

Posthumano (Ed. Almadia, 2007)



Posthumano se presentó en el Centro de Arte Moderno y en el Museo Reina Sofía (Madrid), en la Librería La Central (Barcelona), y en la Fundación Torrente Ballester (Compostela), durante mayo y junio de 2007. Y se presentará en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el 6 de septiembre!

Imagen: Héctor Ballesteros
Diseño: Ave Barrera

Textos de Contraportada: Heriberto Yépez y Roberto Abuin












Imágenes interiores: Lilia Barajas





Textos de contraportada:
¡Piedad para el pedazo de carne!, insistía Deleuze. Sin embargo, la ciencia ficción vuelta cirugía plástica o rave ("la primera ceremonia posthumana", afirma Bares) vuelven improbable cualquier piedad con la nueva máquina de carne. Somos ya el simulacro cuyo original es una muñeca pornográfica. A partir de ahora estamos condenados a ser por siempre el penúltimo capítulo de un libro sobre lo bizarro posthumano. Al terminar de leer el libro de Bares, queda la impresión de que el monstruo resucitará al final-final de la película y ese monstruo seremos nosotros.
Heriberto Yépez

Analizando los sutiles cambios sufridos en nuestra cotidianidad, y rastreando sus orígenes y consecuencias, este libro trata de responder si el hombre ha dejado de ser la medida de todas las cosas. Con una óptica despiadada, revisa nociones como cuerpo, carne y canibalismo, la belleza anatómica y la cirugía estética, niñez y pornografía. Como ensayo, su labor no es la de establecer conclusiones, sino atisbar, especular y arriesgar. Su fin no es delimitar, desginar o cerrar, sino abrir, multiplicar, entrecruzar.

Con sutil pluma Mauricio Bares nos enreda en un discurso cuya treta central es desmantelar todo discurso que se erija en torno al hombre, como modelo, como ilusión y como esperanza, al grito utópico y descentrado del vate que ve, en la lejanía, nuevas formas de hombres aproximándose. Libro que augura un nuevo tiempo en el pensar, más allá de la rigidez conceptual a la que hemos estado acostumbrados hasta el día de hoy.




Tatuaje

8.11.06

ADIOS AL HOMBRE

Una de las experiencias más fascinantes de nuestra infancia provenía de la literatura y el cine que imaginaban futuros posibles. Al cabo de muchos años y cambios en nuestra existencia, el misterio de tal fascinación parece develarse, sin necesidad de que seamos expertos en el tema.
Quizá lo fascinante de dichas obras no estriba del todo en su calidad estética –duramente cuestionada, en ocasiones hasta la descalificación–, sino en su capacidad para el montaje de sociedades estructuradas bajo sistemas de valores distintos a nuestra cotidianidad, su propuesta para mirarnos en un espejo deforme, que a la larga nos hacía cuestionar si la deformidad no estaba de este lado del reflejo.
En aquellas obras, el ser humano podía no ser el centro del cosmos –lo cual sacudía nuestro entendimiento– como sucedía en La guerra de los mundos o El planeta de los simios. O bien, el hombre podía continuar como eje del universo, pero haber mutado hasta separarse en dos especies distintas, como en La máquina del tiempo, o haber perdido el contacto con su naturaleza, a la manera de Un mundo feliz y Fahrenheit 451. El hombre también podía –bajo el influjo utópico– degradarse hasta convertirse en lo opuesto a sus ideales, como lo expuso Orwell en 1984.
Sin embargo, en el fondo, el elemento más contundente de estas creaciones no lo consituía su habibilidad para presentarnos una imagen bizarra de nuestros actos, sino su ineludible eslabón con la imagen original, la nuestra. La deformación era el último paso; el primero, era que se constituían como una posibilidad basada en el modo en que nos conducíamos –y nos habíamos conducido– históricamente. En síntesis, más que deformaciones, resultaban proyecciones.

Estas proyecciones se deben a que resulta imposible mirar al hombre como se mira a otro ser vivo, bajo un patrón de conducta único y definitivo. El hombre modifica su entorno –lo altera, lo crea, lo destruye– mientras se modifica –crea, altera, destruye– a sí mismo. Y un resultado de tales modificaciones, es que ahora lo vemos dejar de ser el centro del universo, bajo decisiones atribuibles sólo a él. Lo hemos visto –nos hemos visto– entrar a una de esas etapas que antes nos sonaban a ficción, donde sus estructuras –nuestras estructuras– se han alterado de un modo y a un grado en el que han desaparecido o quedado como adornos insustanciales. Las proyecciones han dejado de serlo porque las hemos alcanzado.
Sobra decir que cuando hablamos de la muerte del hombre (como antes se ha declarado la defunción de la historia, de la religión, del arte, de la literatura), lo hacemos de manera conceptual, no factual; ésta última supondría la desaparición del hombre de la faz de la tierra (posibilidad no lejana), mientras que la muerte conceptual se refiere a una exhaución que lo ha convertido en algo presente, pero insustancial. Un cuerpo sin sombra. Hemos presenciado un agotamiento cuantitativo, que ante nuestros ojos se ha tornado cualitativo.
Parece necesario rastrear los orígenes tentativos de estas transformaciones, sus manifestaciones actuales y sus posibles consecuencias en el ámbito cultural, entendiendo a éste en su sentido más amplio, que por supuesto abarca la creación estética y literaria, pero que no debe limitarse a ellas. Dada la naturaleza del tema, su estudio no debe pretenderse exhaustivo, sino explorativo, lo cual no debe menguar nuestra decisión de aventurar y comprometer las ideas expuestas. A fin de cuentas, la labor general de un ensayo no es la de establecer conclusiones, sino atisbar, especular, arriesgar. Su fin no es concluir (cerrar), sino abrir.
Comenzaremos diciendo que, aunque algunos críticos y artistas insisten en definir el posthumanismo en base a la incorporación de los cyborgs y la inteligencia artificial en nuestra cotidianidad, debemos primero observar la composición del vocablo. El calibre de un término como posthumanismo –y todo el conjunto de ideas sobre el que debe yacer–, difícilmente puede sostenerse con la aparición de elementos aislados que no bastan para poner en entredicho la validez conceptual de lo que, hasta hoy, ha sido el centro de todo: causa, motivo, fin y consecuencia, de nuestros actos.
El posthumanismo, pues, debe definirse a partir de la muerte del hombre como concepto, como construcción, como discurso.
En especial cuando se trata de un discurso creado y renovado bajo situaciones históricas específicas y con objetivos muy precisos. Después de todo, desde sus orígenes, el arte y la filosofía nos han brindado innumerables ejemplos de pensadores y artistas que lejos de enaltecer una imagen ideal (irreal) del hombre, lo han expuesto como un ser tan complejo y polifacético, como imperfecto. La historia misma nos demuestra que los discursos que dan cuerpo al hombre se han modificado incesantemente, se han enfrentado y colpsado miles de veces y hoy encontramos visiones y discursos provenientes, cuando menos, de cada religión, cada régimen político, cada clase social y cada género sexual.
Por ello, es pertinente una posición neutra y una actitud imparcial, alejadas por igual del sentimentalismo y del optimismo sin fundamento, como del fatalismo sombrío.
Bajo esta premisa, resulta imperativo revisar la transformación de algunos componentes genéricos fundamentales de nuestra especie, que puedan medir la validez de este entredicho. Por supuesto, un trabajo de esta naturaleza debe incluir el modo en que el arte y la literatura han afrontado el presente estado de cosas.
Finalizando una reseña exacerbada sobre la novela El cielo protector, Norman Mailer aseguró que Paul Bowles –su autor– permitió que entrara a la literatura “el fin de la civilización”. Por su parte, la reseña del mismo libro publicada en el New Yorker en 1949, resumía que en todo su suspenso “no quedaba viva una chispa de sentimientos humanos”.
En décadas recientes, un número creciente de artistas de las más variadas disciplinas ha mostrado una postura similar respecto al hombre: neutra en el mejor de los casos, despiadada en los peores. ¿Cómo se llegó a este punto?
Aventurando una respuesta sumaria, podemos decir que se han cumplido, una a una, las fechas que a mediados del siglo pasado los autores de ciencia-ficción habían marcado para que el ser humano perdiera su condición en manos de algún tipo de absolutismo.
Los hechos, según nos ha tocado atestiguar, han ocurrido de un modo más interesante. El cambio del feudalismo a la era industrial tardó cien años, pero el paso desde entonces hasta la era de la información tomó sólo dos décadas. Hoy tenemos la posibilidad de enterarnos de casi todo, al instante que sucede. Las cosas cambian tan a prisa que no hay tiempo para reaccionar.
Al alcanzar los futuros que planteó para sí misma, la humanidad ha entrado a una especie de presente perpetuo, que es precisamente el tiempo mental de los esquizofrénicos y los niños. Privados de un sentido de identidad sobre el tiempo, libres de memoria y futuros proyectos, vivimos un ahora interminable, artificialmente vívido, donde el futuro es la totalidad del presente.
Simultánea a la pulverización de los regímenes totalitarios, la disolución de los discursos únicos se presentó como una especie de cataclismo pacífico, pero definitivo, que resultó provechoso para la desarticulación de los conceptos que aún se daban por sentados. Entre ellos, el más afectado –pero también el que menos se ha reconocido– es el concepto de hombre, de humano, duramente puesto a prueba desde la postguerra.
El hombre dejó de ser la medida de las cosas.
Ya sin la justificación nacionalista que otorgan las guerras, en plena “era del individuo”, el hombre, muerto, se presenta en las portadas multicolores de Time y Newsweek, en los noticieros y el cine, en la literatura y el arte, compartiendo el prime time televisivo con los anuncios de fajas reductoras y los cuchillos de filo infinito.
El cuerpo inerte del hombre, sin nombre ni aureola de víctima, sangriento, desmembrado, sin causas ni consecuencias porque eso ya a nadie le interesa, se muestra como una metáfora negra de la muerte del humanismo, una metáfora que resulta más siniestra por ser real.
En pedazos, el hombre dejó de ser la medida de las cosas. Ésta fue, en el fondo, la característica fundamental de lo que algunos filósofos llamaron posmodernidad; sabemos que la herramienta más poderosa del postmodernismo fue la deconstrucción de sistemas. Y que una vez realizada esta labor, queda un vacío en el lugar de cada sistema deconstruido. Entendiendo esto, pocos han aceptado que, si tales sistemas son lo que constituye finalmente al hombre, y que si estos sistemas y sus centros de referencia han sido desmantelados pieza por pieza, lo que queda deconstruido es el hombre. El hombre como proyecto. El hombre como centro y como escala.
Al cambio radical que esto ha implicado, a nuestra existencia dentro de ese vacío, nosotros le denominamos la era posthumana.

Bajo esta premisa, revisaremos la transformación de algunos componentes genéricos fundamentales de nuestra especie, que puedan medir la validez del entredicho aquí planteado, tales como el cuerpo, en sus mutaciones palpables (históricas) y posibles (en un futuro cada vez más próximo); junto al cuerpo estudiaremos la noción de belleza, tanto estética como anatómica, así como la experimentación de varios artistas plásticos del mundo que han elegido sus cuerpos como lienzo y materia prima de sus obras; analizaremos la situación del sexo y las distinciones de género (masculino vs. femenino); trataremos de entender la peculiar posición de la infancia en nuestros días; las manifestaciones del canibalismo a través de la historia y los objetivos de la ciencia reciente, entre otros fenómenos que han sufrido alteraciones fundamentales hasta volverse ajenos al sistema dentro del cual tuvieron su origen.
Aquí sólo resta agregar que casi la mitad de este trabajo se aboca a revisar el modo en que el arte y la literatura han afrontado el presente estado de cosas.
Bon appetit!


EL PUNTO SIN RETORNO
El clima productivo en Europa y los Estados Unidos se basó, a partir de 1900, en la promesa grandilocuente de que la industria proveería un mundo de bienestar social, impulsado por el progreso tecnológico. Se alzaba la figura triunfal de Nietzsche ptroclamando la muerte de Dios en favor del hombre. Sin embargo, los movimientos políticos, las revoluciones y las guerras, terminaron por destruir y calcificar esos ideales.
Según Cyril Connolly, Hemingway “saturó sus libros con luz del sol, agua salada, con comida, vino y sexo, y con el remordimiento que es la sombra de ese sol... Fitzgerald y Hemingway encontraron tempranamente una historia que contar y volvieron a ella una y otra vez... mirando atrás sin alivio hacia una alguna alternativa perdida a la que guardaban luto o hacia algún punto catastrófico que ya no puede ser revertido”.
Veinte años después, el mundo padecía los estragos de una guerra aún más virulenta. El estruendo de la bomba atómica no sólo era el máximo símbolo de la muerte, sino que amenzaba con la destrucción total del mundo y del hombre. Sobrevino la disociación entre los motivos de la guerra, los resultados de la misma, y los ideales de cada sociedad que fueran causa o consecuencia de la batalla: los ideales permanecían en el discurso de vencedores y vencidos, pero flotando sin nexo alguno con la realidad que los había generado. Se convirtieron en una especie de cuento de hadas ajeno a su origen. Esta guerra era el “punto catastrófico que ya no podía ser revertido”.
LA MUERTE DEL HOMBRE
Todos los sistemas que el hombre ha construido para sostenerse (justificarse) a sí mismo, han sido desarmados: dios, religión, nación, ideología, ética, familia, pensamiento, lenguaje, sociedad, infancia, cuerpo, belleza anatómica, son conceptos que continúan entre nosotros, pero flotando como las burbujas de una explosión de jabón, más que como baluartes.
Cuando Baudrillard toma del Eclesiastés la definición de simulacro para ejemplificar el estado de cosas que nos rodea, afirma que la realidad actual es generada por modelos sin origen ni realidad: son lo hiperreal, bajo lo cual no hay nada, ni la realidad. Empujando el concepto un poco más, podemos afirmar que, debajo, no queda siquiera el hombre —creador de esa realidad, a la manera de Borges.
El único creador y establecedor de realidades es el hombre. Cada recuento, cualquier recuento que haga, contribuye a la construcción de sí mismo. Deconstruidos casi todos los conceptos con que el hombre se ha dado forma, ¿qué queda? Nada, aparte de un primate tan pretencioso como primitivo.
EL CIELO PROTECTOR
Finalizando una reseña exacerbada sobre El cielo protector (1949), Norman Mailer asegura que Bowles permitió que entrara a la literatura “el fin de la civilización”. En la misma línea, Jay MacInnerney apunta que esta novela se centra “en el desnudar a los personajes y a la humanidad hasta sus elementos básicos”.
“Ha dejado de ser humano” piensa Kit, “la enfermedad reduce al hombre a su estado más básico: una cloaca en la que continúan los procesos químicos”.
Mucho antes que las teorías de Lyotard, Baudrillard, Virilio, et al, Paul Bowles habló en esta novela de la ubicuidad de un centro y, por tanto, de su desaparición. Habló de la disociación de referentes. Representó el desvanecimiento de la identidad hasta su transparencia. Asesinó la esperanza y resucitó después de ella. En su prosa desnuda, suprimió los valores y las emociones ligadas a ellos. La reseña de su libro publicada en el New Yorker, resumía que “en toda esta pasividad y suspenso, no quedaba viva una chispa de sentimientos humanos”.
Esto es, no sólo se adelantó por varias décadas a todas estas teorías de la postmodernidad (aceptadas, asimiladas y banalizadas hoy en día), sino que fue más lejos, cruzó el “punto que ya no puede ser revertido”. Por ejemplo, sabemos que una herramienta poderosa del postmodernismo fue la deconstrucción de sistemas. Y que una vez realizada esta labor, queda un vacío en el lugar de cada sistema deconstruido. Entendiendo esto, pocos han aceptado que, si tales sistemas son lo que constituye finalmente al hombre, y que si estos sistemas y sus centros de referencia han sido desmantelados pieza por pieza, lo que queda deconstruido es el hombre. El hombre como proyecto. El hombre como centro y como escala.
Pues bien, a esa conclusión llegó Paul Bowles, en su primera novela, hace muchos años. El catalizador: la bomba atómica.
EXPLORANDO LA NUEVA GEOGRAFIA
Hemos cruzado una línea fatal en el tiempo, en silencio. Casi es un mundo feliz. Con mutaciones, cirugía estética y asesinos seriales. Con ingeniería genética. Con raves.
Hoy en día, nacer humano puede verse como un accidente del destino —según Kevin Warwick— gracias a la certeza de que, dentro de muy poco, esto no será así. Nuevamente, el hombre está en el umbral de convertirse en una nueva especie. Más nos vale entender que la evolución del hombre no ha sido natural. El hombre no es natural.
Ahora, además de ver al cuerpo humano como un objeto estético, se le entiende como un epicentro político y económico. Está puesto en duda, en discusión. Más aún, ha dejado de ser escenario de representaciones (de género, de poder, de placer, en fin, de justificación), para disociarse de todas estos discursos que le atribuían significados. Es un recipiente vacío.
La especie puede “escalarse” del mismo modo que lo hacemos con nuestras computadoras. La sofisticación de estos implantes y su uso corriente facilitarán la aparición de los primeros cyborgs (cyber-organisms) reales, así como la discriminación entre quienes han “evolucionado” hacia ellos y quienes no. Expulsados alguna vez del edén —la naturaleza— parece que hoy la evolución “natural” radicará en conectarse con máquinas inteligentes vía implantes electrónicos, para comunicarnos con éstas, lo mismo que con aquellos iguales a nosotros.
Así las cosas, que el hombre pueda devenir en distintos tipos de cyborg (¿no es Stephen Hawkin un cyborg?) sucederá a la par que otros fenómenos ligados al cuerpo: que los hombres se traguen unos a otros, que la cirugía estética sea común en las niñas de diez años, que exista un poderoso mercado negro de partes humanas, y que cualquier tipo de implante ajeno al cuerpo natural se mercantilice dentro del marco de la pornografía.